miércoles, 20 de septiembre de 2017

Carta de Roma, Meira Delmar

Te escribo, amor, desde la primavera.

Crucé la mar para poder decirte
que, bajo el cielo de la tarde, Roma
tiene otro cielo de golondrinas,
y entre los dos un ángel de oro pasa
danzando.

La cascada de piedra que desciende
por Trinitá dei Monti hasta la plaza,
se detuvo de pronto y ahora suben
azaleas rosadas por su cuerpo.

Los árboles repiten siete veces
la música del viento en las colinas,
y el húmedo llamado de las fuentes
guía mis pasos.

Más bella que en el aire
una rota columna hallé en el césped,
caída en el abrazo de una rosa.

Cuando fluye la luz,
cuando se para
el tiempo,
asomada a los puentes Roma busca
su imagen sobre el Tevere,
y en vez del nombre suyo ve que tiembla

tu nombre, amor, en el rodante espejo.
Meira Delmar
Colombia
Barranquilla,21 de abril de 1922/

Nombres, Martha L. Canfield

Me susurraba su nombre al tiempo que
me estrechaba amoroso entre sus brazos
- Jorge, soy Jorge -
y marcaba las sílabas
de ese nombre tan dulce para mí
como si hubiera querido cerrar
un círculo fantástico,
y también colocar
esa señal de fin que le faltaba
al largo recorrido
que empezó cuando era muy pequeña
y descubrí el efecto
de la palabra ajena
en el rostro sereno de mi padre.

Como si hubiera querido asumir
la identidad plural de los amores
en mí ya confundidos,
y también confirmar en la repetición
el signo privilegiado que el círculo
cierra pero abre al mismo tiempo,
lanza hacia adelante y regresando
enlaza la segura caricia familiar
con ésta, abierta a todo
el misterioso abismo del placer...

Tal vez quería decir
estoy contigo, amiga mía, mira
que detrás del deseo
existe una gran playa
donde el espacio es tiempo sin medida,
conversar se transforma
en canto fraterno y puro
y tu voz ha de hallar
no eco sino refugio en la mía.
- Soy Jorge, ¿lo recuerdas? -

Y la experiencia virgen
de una palabra de pronto no útil,
no transparente o justa,
sino impregnada sólo de poesía
se renovaba en el murmullo intenso,
último de la serie, primero del comienzo.

El tierno abrazo sofocante
que me aislaba del mundo
me descubría la senda milagrosa
donde lo ya perdido
puede volver a perfumar.

Y el alma de los tiempos me mecía
por encima del tiempo.

 Martha L. Canfield
Uruguay
Montevideo, 28 de mayo de 1949

martes, 19 de septiembre de 2017

Calma, Tone Škrjanec

Estoy tan calmado. Luna roja.
Recién ha venido volando
desde más allá de las nubes.
Lentamente como un principiante inquisitivo.
En la televisión hay un pequeño vaso florido
con una rosa seca y violencia.
Muertes a mano y armas.
Todo es muy veloz, como si fuera real.
Mónica no sabe esto.
Ella duerme tranquilamente.
Duerme y respira constantemente
como una máquina.
Es de noche. Pero puedo oír los carros despiertos.
Ni los gatos, chillando, se persiguen unos a otros
bajo nuestra ventana.
Igual no puedo dormir. Prefiero sentarme,
no podría decir que estoy pensando.
Solamente observo la vena
que lame tu palma como un rio.
Tone Škrjanec
Eslovenia
Ljubljana, 1953

Zamira ama los lobos, Antonio Colinas

Zamira ama los lobos.
Yo quisiera ir con ella a buscarlos
a las tierras más altas,
donde los robledales rojos de Sotillo
han perdido sus hojas en las fuentes,
allá donde los caballos
beben el agua helada de las cascadas
y se espera la nieve
como una bendición.
Tú y yo estamos en este hospital
esperando a la muerte.
No la muerte tuya ni la muerte mía,
sino la de aquellos que nos dieron la vida.
Y éstos, ¿a quiénes pasarán,
cuando mueran, sus muertes?
Tú y yo esperando el final,
el vacío del límite,
mientras la vida brilla y tiembla entre nosotros
como un cuchillo inocente.
Y es que, esperando la muerte de los otros,
esperamos un poco la muerte nuestra.
Quizá, por ello, Zamira ama los lobos.
Quizá, por ello, yo deseo también
salir a buscarlos con ella este mes de diciembre
a los páramos altos, a los prados remotos.
Y podríamos ver los espinos,
y las brasas de sangre del sol
en mimbrales morados.
Puesta ya en nuestros ojos
la venda de la nieve,
que no pensemos más, que ya no nos deslumbre
el acre resplandor de los quirófanos.
Zamira ama los lobos,
quiere escapar del laberinto de piedra y cristal
del dolor.
Zamira: partamos y no regresemos.
Antonio Colinas
España
La Bañeza, León, 30 de enero de 1946 

lunes, 18 de septiembre de 2017

Alicia, Carlos Oroza

(Fragmento)

Alicia tenía la sonrisa. La alegría del que pierde la respiración
Alicia era una mujer que se confundía en principio
Desde la primera escalera de un sexto izquierda
Un séptimo izquierda que arrancaba del centro
Una distancia que sólo se conocía por teléfono
O a través de sus gemidos en el estado íntimo de su soledad.

Y en la ciudad de cristal del arquitecto de Suiza
Alicia buscaba alivio
Alicia había quedado sola
Porque las lunas de los escaparates estaban todas ocupadas
Y no había ni un milímetro para apoyar su frente.

En los grandes edificios habían puesto andamios
Y en la parte de la ciudad alta
Todas las ventanas estaban ocupadas
Por los delirantes que tenían las frentes agujereadas.

Los hombres estaban suspendidos en el aire
Sobre los andamios con las frentes inclinadas en las ventanas.

Alicia fue a apoyar su frente a los stops
A los coches que habían quedado aparcados
Y los coches estaban también ocupados
Y las ventanas de los coches Los cristales
Estaban pegados en los frentes que deliraban de dolor.

Alicia fue a refugiarse en la púrpura de los ángeles
Y la púrpura de los ángeles estaba pegada en la frente dolorida
de los místicos
Y fue a buscar la cera de los laboratorios eclesiásticos
Y no había solución. 
Carlos Oroza
España
Vivero, 13 de mayo de 1923,
Vigo, 20 de noviembre de 2015

Abel, Manuel Machado

El campo y el crepúsculo. Una hoguera
cuyo humo lentamente al cielo sube.
En la pálida esfera
no hay una sola nube.

La tristeza infinita
efluye de la humilde
hierba del suelo. Invita
a llorar el rumor de la arboleda...

Se va el día y se queda
la tristeza infinita.

Junto de la corriente,
desnudo y muerto yace
Abel... Y la primera
sangre vertida seca el sol poniente.

El humo al cielo sube,
callado, de la hoguera...
Y baja como un duelo soberano
la noche a la pradera...
"¡Caín! ¡Caín! ¿Qué has hecho de tu hermano?"
Manuel Machado
España
Sevilla, 29 de agosto de 1874

Madrid, 19 de enero de 1947

domingo, 17 de septiembre de 2017

Poema entregado, José Manuel Caballero Bonald

Tú te llamabas Carmen
y era hermoso decir una a una tus letras,
desnudarlas, mirarte en cada una
como si fuesen rastros iguales de alegría,
contiguos besos en mi boca reunidos.
Era hermoso saberte con un nombre
que ya me duele ahora entre los labios,
me sangra entre los labios como el moho de una fruta,
como algo que yo querría nombrar constantemente
y me estuviese amordazando con su olvido,
con su apremiante negación de ser,
porque es inútil repetir lo que termina en nada.

Es posible que ya no puedas tú tener un nombre,
encerrar en un nombre tu ternura,
tus verdes ojos dulces,
la dorada humedad de tu cabello,
que ya no puedas responderme si te llamo,
si te sigo llamando y nada me devuelve
la ilusoria constancia de que aún eres cierta.

Ahora es de noche y tú no tienes nombre,
a nadie pertenecen tu voz, tus adjetivos,
mientras cae la lluvia
mansamente y es más frágil la vida
cuando al llamarte sé que ya no tienes nombre.

¿Es verdad que te has ido para siempre,
que no podremos ya mirar los árboles mojados,
la lenta pesadumbre de las tardes calladas,
el nocturno temor que a nuestro amor se unía?
¿Es verdad que tu boca se irá deshabitando
sin responder a nadie ni siquiera en silencio,
que ya no cabré nunca en tu mirada,
en tus manos que guardan mi latido en su piel?[…]

Porque es triste y es también preciso
comprender que eso es vivir: ir olvidando,
consistir en palabras que están llamando a nadie,
saber que es una grieta súbita
la que arrasa y corrompe la más cierta esperanza,
saber que es el desamor
quien detrás de lo más amado espera
para poder seguir viviendo
a pesar de la noche y tu nombre entregado.
José Manuel Caballero Bonald
España
Jerez de la Frontera, 11 de noviembre de 1926

Uno de ellos, Jesús Munárriz

¿Qué más te da, Susana, que te estemos mirando
éste y yo? Somos viejos
y tú joven, es cierto, y no hay nada en nosotros
que te atraiga, pero ¿quién lo pretende?

Ni siquiera acercarnos; contemplarte nos basta.
No te pedimos mucho:
sólo que finjas que no nos has visto
para poder gozar de tu belleza
con estos ojos, menos fatigados
que nuestros corazones.

Nos queda poco, hija,
y tú tienes la vida por delante.
Anda, sé buena chica
y sigue con tu baño, y no hagas caso
de estos viejos fisgones.
Nos das una alegría y no te cuesta nada.

Por favor, Susanita, no te tapes.
Jesús Munárriz
España
San Sebastián, 1940

sábado, 16 de septiembre de 2017

Conquista, Gina E. López

En un lugar de la mancha
Dulcineas nunca fueron princesas.
Heroínas nunca fueron rescatadas.
Damas nunca fueron entendidas
ni descubiertas
ni amadas.

 Mi verso pasa por el umbral de tu rostro,
donde vuelvo a encontrar tu mancha en la que me pierdo,
de la que soy tu sierva y esclava

en la tierra malparida de mi ocaso.
Gina E. López
Ecuador

Penélope, Sophia de Mello

Durante la noche deshago mi camino,
Todo cuanto tejí no es verdad,
Sino tiempo, para ocupar el tiempo muerto,
Y cada día me alejo y cada noche me aproximo. 
Sophia de Mello
Oporto, 6 de noviembre de 1919
 Lisboa, 2 de julio de 2004

viernes, 15 de septiembre de 2017

Granada por Rusiñol, Manuel Machado

Granada, lucejones... Las bermejas
torres de Alhambra.  Y, en el cielo, duras
nubes de ágata cárdena. (Figuras
de leones, serpientes y cornejas).

Y el agua sola, palpitante, el agua,
corazón, rompe la silente angustia
con su romance.  En un calor de fragua,
el crepúsculo trágico se mustia.

Melancolía... ¡No!  Desesperanza,
reproche de lujuria indefinible...
Y, a pesar de canciones, en tu espejo

está, Maestro, toda la añoranza
granadí, toda la verdad terrible,
¡todo el dolor de aquel resol bermejo!
Manuel Machado
España
Sevilla, 29 de agosto de 1874
Madrid, 19 de enero de 1947

Para el David de Manzú, Pier Paolo Pasolini,

Amigo, de cansancio blanquea tu país,
tú vuelves firme la cabeza,
paciente en tu carne tentada.
Tú eres, David, como el toro en un día de abril,
que, en las manos de un rapaz que ríe,
va dulce a la muerte”. 
Pier Paolo Pasolini
Italia
Quartiere Santo Stefano, 5 de marzo de 1922
 Ostia, 2 de noviembre de 1975